Partido Final
Cuento
I.
La vida te da sorpresas, fue lo primero que pensó al enterarse de dónde se había escondido el padre José todos estos años. Y él, que odiaba lo inoportuno del azar, lo supo por mera casualidad.
Un domingo cualquiera, presa de una resaca también cualquiera, decidió no ir a descansar a su casa. Hacía un fresco bastante inusual, y sentarse en una banca del parque principal del pueblo le pareció una buena idea. Vería gente pasar, niños jugar, esas cosas pueriles con la extraña capacidad de ahuyentar el desasosiego y disipar el dolor de cabeza. El viento, desde esa esquina, no traía esta vez su habitual mixtura de olores de las ollas de las ventas ambulantes; transportaba los remanentes de una hermosa voz de sirena que entonaba himnos de alabanza.
Qué diablos, se puso de pie y con pasos inseguros pero lentos se dirigió a la iglesia. En el umbral de la puerta mayor se detuvo. El fuerte tufo del incienso, la cera y el humo de las velas derretidas le provocaron una náusea súbita, despertándole los desagradables recuerdos de su época de monaguillo. Dio un paso atrás y buscó el aliento de una de las paredes. Dos señoras empañoletadas y de rosario en mano le miraron con disgusto y continuaron con su charla, como si fuese una calistenia habitual antes de enfrentarse a tantos actos de contrición durante la misa.
—Mi sobrino Miguelito lo vio en Quebrada Honda durante sus vacaciones —dijo una de las mujeres.
—¿Pero estás segura, hija? —preguntó la otra.
— Sí, era él, lo reconoció; no hay dudas. Era el padre José. Alguien le comentó que ahora era un pastor evangélico.
Las mujeres se santiguaron y sacudiendo la cabeza se empujaron hacia la iglesia.
Rehuyó del confort de la pared. Empezó a caminar hacia su casa. El malestar había desaparecido. Sabía que tenía que matarlo. Su muerte siempre había estado en sus planes.
II
Hacía un calor infernal. Era día feriado, en la capital se jugaba la final del campeonato de fútbol, y buena parte del pueblo estaba vagando por la plaza y sus calles aledañas. Un forastero podía pasar desapercibido. Pero el sudor y los nervios estaban haciendo mella en su comportamiento. Sentía vacilar las piernas a cada paso que daba, y temía ser recordado como un extraño dando tumbos de borrachera.
Buscó el cobijo de un árbol, las calles y los andenes protegidos del calor por los aleros de las casas estaban invadidos de transeúntes. Mientras pasaba el pañuelo por su rostro y trataba en vano de despegar la franela de su pecho, lo vio. Se notaba que habían pasado muchos años, sus canas y una barriga impropia parecían bosquejar otro hombre, pero algunos trazos gruesos se conservaban. Era él, no había duda. Estaba saliendo de una cafetería, y caminaba indiferente abriéndose paso sin esfuerzo entre la multitud. No fue difícil seguirle. Tras unos minutos interminables, entre codazos y disculpas, logró estar a unos metros de distancia. No era necesario apresurar el paso, la idea no era confrontarlo en plena calle ni mucho menos alertarlo de su presencia.
Al llegar a una esquina el padre José se detuvo. Buscó un cigarrillo, y mientras lo encendía empezó a caminar por una calle cuesta abajo, mirando de vez en cuando hacia el cielo, tal vez buscando presagios de algún cambio de clima. Le siguió unas cuadras hasta que lo vio detenerse frente a una casa con un jardín descuidado. Las flores marchitas parecían la decoración de una tumba olvidada. Logró escuchar el tintineo de unas llaves y una puerta cerrándose. Después de titubear unos instantes, cruzó el jardín y llamó a la puerta.
El padre José le miró indiferente, y se hizo a un lado invitándole a seguir, como si esperase su visita. Se dirigió a un escritorio al fondo de la sala, con un ventanal detrás que parecía dar a un enorme patio vacío.
—Estaba seguro de que alguno de ustedes vendría —dijo el padre José reclinándose en el asiento—. Pero créeme, si hubiese tenido que apostar, tú no habrías sido el elegido. Siempre pensé que eras el único sin agallas.
Sus palabras eran monótonas, como si fuesen el resultado de una meditación hecha ya hace mucho tiempo y a punto de olvidar. Parecía también estar aburrido, con ganas de que todo terminase lo más rápido posible.
Dio unos pasos hacia delante, siempre pendiente de los movimientos del padre. Sacó de su bolsillo la pistola que el Zurdo, su amigo de infancia, le había prestado a regañadientes. Le era difícil separarse de ella, siempre la necesitaba, sobre todo cuando no tenía dinero y quería emborracharse.
—¿Puedo pedirte un favor? Quiero tener la Biblia a mi lado.
Sin esperar respuesta, como si tuviera derecho a un último deseo, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un libro enorme encuadernado en cuero.
—Padre José, ¿ahora pastor José? —dijo, como una letanía.
Disparó sin esperar respuesta…una, dos veces, otra vez. La pistola se había encasquillado.
—Zurdo malparido.
El padre José abrió la Biblia y sacó un reluciente Smith & Wesson de su interior. Un solo disparo. No se trabó.

